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CONCEPTO DE METAFÍSICA: DICCIONARIO AKAL DE FILOSOFÍA.

METAFÍSICA, en su sentido más general, investigación filosófica de la naturaleza, constitución y estructura de la realidad. Posee un alcance más amplio que el de la ciencia, la física, por ejemplo, e incluso que la cosmología (la ciencia de la naturaleza, estructura y origen del universo como un todo), debido a que entre sus objetivos tradicionales se encuentra el de la existencia de entidades no físicas como, por ejemplo, Dios. También posee un carácter más fundamental, ya que indaga cuestiones que la ciencia no aborda pero cuyas respuestas presupone. ¿Hay, por ejemplo, objetos físicos en absoluto, o tiene todo fenómeno una causa?

Así entendida, la metafísca fue rechazada por el positivismo aduciendo que sus enunciados son «carentes de significado desde el punto de vista del conocimiento » debido a que no son empíricamente verificables. Ciertos filósofos actuales –por ejemplo, Quine– rechazan la metafísica argumentando que la ciencia es la única que puede suministrar conocimiento

genuino. En La metafísica del positivismo lógico (1954), Bergmann sostiene que el positivismo lógico, y cualquier tesis como la que propone Quine, presupone una cierta teoría metafísica. Por otra parte, el criterio de significado cognitivo empleado por los positivistas nunca fue formulado de

forma satisfactoria, ni siquiera para ellos. Una descendiente de la actitud positivista hacia la metafísica es la preferencia que P. F. Strawson muestra (especialmente en Individuals, 1959) hacia lo que él llama metafísica descriptiva, que «se conforma con describir la estructura real de nuestro conocimiento del mundo», y que se opone a la metafísica revisionista

que «se compromete con el intento de producir una estructura mejor».

El punto de vista, considerado en ocasiones como científico (aunque más como un supuesto que como una teoría bien argumentada), según el

cual todo lo que hay es espaciotemporal (una parte de la «naturaleza») y resulta cognoscible sólo a tra vés de los métodos de la ciencia, es una metafísica, a saber, un naturalismo metafísico (que no ha de ser confundido con la filosofía natural). Este punto de vista no forma parte de la propia ciencia.

En su sentido más general, la metafísica puede parecer que coincide con la filosofía tomada como un todo, ya que todo aquello que la filosofía investiga

–por ejemplo, el conocimiento, los valores o el razonamiento correcto– es presumiblemente parte de la realidad. No obstante, es conveniente preservar

la investigación de estos asuntos más específicos para otras ramas distintas de la filosofía –por ejemplo, la epistemología, la ética, la estética y la

lógica–, ya que en ellas surgen problemas que son particulares a cada una de ellas.

Es posible que el problema más familiar en metafísica sea si hay sólo entidades materiales –materialismo– o sólo entidades mentales, es decir, mentes y sus estados –idealismo–, o ambos –dualismo–. En este caso «entidad» posee su sentido más amplio: cualquier cosa que sea real. Otras cuestiones más específicas de la metafísica son las que afectan a la

existencia y naturaleza de ciertos individuos –denominados también particulares– (por ejemplo, Dios), o ciertas propiedades (por ejemplo, ¿hay

propiedades que no son ejemplificadas por nada?) o relaciones (por ejemplo, ¿existe una relación de causalidad que sea una conexión necesaria más que

una conjunción regular entre fenómenos?). La naturaleza del espacio y el tiempo es otro ejemplo importante de un tópico de carácter específico.

¿Son el espacio y el tiempo substancias individuales que «contienen» a los individuos ordinarios, o son simplemente sistemas de relaciones entre objetos particulares, tales como lo puedan ser el ser más alto (espacialmente) o darse antes (temporalmente)?

Cualquiera que sea la respuesta, el espacio y el tiempo son lo que hacen un mundo aparte de la mera colección de todas las entidades que forman

parte de él. Puesto que desde cualquier tratamiento del conocimiento resulta claro que nuestro conocimiento del mundo es algo extremadamente limitado,

y ello tanto en lo que se refiere a su dimensión espacial y temporal como a su constitución interna, debemos considerar un número indefinido de posibles alternativas relativas al modo en que es el mundo, podría haber sido o será alguna vez. Y es este pensamiento el que da lugar a la idea de un

número indefinido de mundos posibles. Esta idea es, a su vez, útil para dar mayor viveza a nuestra comprensión de la naturaleza de las verdades necesarias (una proposición necesariamente verdadera es la que es verdadera en todo mundo posible) es comúnmente empleada en la lógica modal. Esta

idea podría llegar también a hacer que los mundos posibles parezcan reales, doctrina altamente controvertida.

La noción de un mundo espaciotemporal se suele emplear en discusiones relativas al denominado problema del realismo versus antirrealismo, aunque

se trate de algo que también ha surgido en relación a los universales, los valores y los números, que no suelen considerarse como entidades espaciotemporales.

Mientras que no hay ningún sentido que permita dotar de claridad a la afirmación de que no hay nada real, sí parece haber uno en el que

poder afirmar que no hay un mundo espaciotemporal, especialmente si se añade que lo que hay son mentes y sus ideas. Éste es, precisamente, el punto

de vista de Berkeley. Sin embargo, los filósofos contemporáneos que han indicado distintos problemas en torno a la realidad del mundo  espaciotemporal no se encuentran a gusto con las mentes e ideas postuladas por Berkeley, hablando en su lugar de forma más vaga de «nosotros» y de nuestras «representaciones». Estas últimas son ellas mismas entendidas con frecuencia como algo material (estados de nuestro cerebro) asumiéndose así una posición claramente inconsistente para cualquiera que niegue la realidad del mundo espaciotemporal.

Por lo general, los antirrealistas contemporáneos no llegan a negar ese mundo espaciotemporal, sino que más bien adoptan un punto de vista que se

asemeja al del idealismo transcendental kantiano.

Nuestra única concepción del mundo, sostendría el antirrealista, reposa sobre nuestras capacidades perceptivas y conceptuales, incluyendo nuestro

lenguaje. Pero si es así, ¿qué razones tenemos para pensar que esta concepción es verdadera, que corresponde al mundo como éste es en sí? Si nuestras capacidades y nuestro lenguaje hubieran sido distintos, entonces seguramente también habríamos tenido distintas concepciones del mundo. Y aun es posible tener concepciones muy distintas del mismo con nuestras capacidades actuales, tal y como parece demostrarse con la existencia de diversas teorías científicas para exactamente los mismos datos.

Hasta aquí, no estamos frente a un antirrealismo en sentido propio, pero hay sólo un pequeño paso hasta llegar a él: si nuestra concepción de un

mundo espaciotemporal independiente es necesariamente subjetiva, entonces es evidente que no tenemos buenas razones para suponer la existencia

de tal mundo, especialmente a partir del momento en que parece autocontradictorio hablar de una concepción que es independiente de nuestras capacidades conceptuales. Es claro que esta cuestión, como casi todas las demás cuestiones de metafísica general, es, al menos en parte, de orden epistemológico.

La metafísica puede ser comprendida también en un sentido algo más definido sugerido por la noción aristotélica de «filosofía primera» (que aparece en su Metafísica, obra cuyo título le fue dado por uno de los primeros editores de su obra y no por Aristóteles mismo). Ésta trataría del estudio del ser qua ser, es decir, de las características más generales

y necesarias que cualquier cosa ha de tener en orden a ser algo, una entidad (ens). En ocasiones,  el término «ontología» se emplea precisamente en

este sentido, pero esto no es una práctica de ningún modo habitual, siendo «ontología» una expresión empleada con más frecuencia como sinónimo de

«metafísica».

Algunos ejemplos de criterios (cada uno de los cuales constituye un tópico de gran atención en metafísica) que cualquier cosa debe satisfacer con

el fin de ser algo, una entidad, son los siguientes: A) Toda entidad ha de ser: o una entidad individual (por ejemplo, Sócrates o este libro), o una propiedad (por ejemplo, el color de Sócrates o la forma

de este libro) o una relación (por ejemplo, el matrimonio, la distancia entre dos ciudades) o un fenómeno (por ejemplo, la muerte de Sócrates), o

un estado de cosas (por ejemplo, Sócrates muerto) o un conjunto (por ejemplo, el conjunto de los filósofos griegos). Todos estos tipos de entidad se suelen denominar categorías, y la metafísica se ve entonces comprometida con la cuestión de si éstas son las únicas categorías o de si hay otras o de si algunas de ellas no son últimas, sino que se pueden

reducir a otras (por ejemplo, los fenómenos a estados de cosas, o los objetos individuales a series temporales de fenómenos).

B) La existencia, o ser, de una cosa es lo que la convierte en una entidad.

C) Cualquier cosa que posee una identidad y es distinta de cualquier otra es una entidad.

D) La naturaleza de la «conexión» entre una entidad y sus propiedades y relaciones es lo que hace de ella una entidad. Toda entidad debe tener propiedades y debe entrar, posiblemente, en relación con al menos otras entidades.

E) Toda entidad debe ser lógicamente autoconsistente. Es digno de mención que Aristóteles, tras anunciar su proyecto de una filosofía primera, se

embarcase inmediatamente en una defensa de la ley de no contradicción.

En relación al punto A, se puede preguntar si hay al menos algunos objetos individuales (particulares) que sean substancias en el sentido aristotélico, es

decir, persistentes en sus propiedades y relaciones ante el paso del tiempo y los cambios, o si, por el contrario, todos los objetos individuales son caducos.

En este caso, los objetos del sentido común (por ejemplo, este libro) serían en realidad series de objetos fugaces, tal vez como sucesos como el que este

libro esté ahora sobre la mesa en un instante específico.

También es posible preguntarse si cualquier entidad tiene propiedades esenciales, esto es, propiedades sin las que no podría existir, o si todas las propiedades son accidentales, en el sentido de que la entidad podría subsistir incluso si pierde la propiedad en cuestión. Nos podemos preguntar también si las propiedades o relaciones son particulares o universales, por ejemplo, si el color de esta página y el color de la siguiente página, que (démoslo por supuesto) son idénticas, son dos entidades distintas,  cada una con su ubicación espacial distinta, o si son realmente iguales y por tanto una única entidad que es ejemplificada por esas dos páginas.

Con respecto a B, podemos preguntar si la existencia es una propiedad. Si lo es, habrá que ver cómo ha de ser entendida, y si no lo es, cómo hay

que interpretar enunciados como «x existe» y «x no existe», que parecen cruciales en el discurso ordinario y en el científico, del mismo modo que los

pensamientos que expresan parecen cruciales en el pensamiento cotidiano y científico. ¿Debemos considerar, como hiciera Meinong, objetos sin existencia, por ejemplo, montañas de oro, aunque podamos hablar y pensar sobre ellos? Parece posible hablar y pensar acerca de una montaña de oro, e incluso sostener que es verdad que la montaña sea de oro, sin dejar de saber en todo momento que aquello acerca de lo que se piensa y se habla no existe.

Si no aceptamos que los objetos existentes están dotados de alguna entidad, entonces nos veremos comprometidos con el punto de vista un tanto sorprendente según el cual todo existe.

En relación a C, cabe preguntarse cómo es posible considerar enunciados de identidad afirmativos tales como, por emplear el ejemplo fregeano, «El

lucero del alba es el lucero del atardecer». Este caso contrasta con enunciados triviales y, tal vez, un tanto degenerados como «El lucero del alba es el lucero del alba», que casi nunca aparecen en el discurso

científico o en el discurso ordinario. Los primeros son esenciales para cualquier conocimiento coherente o sistemático (incluso para el reconocimiento cotidiano de personas y lugares), pese a lo cual, aún

resultan problemáticos. No es posible afirmar que enunciados como el anterior digan de dos cosas que son una, pese a que el lenguaje ordinario parezca sugerir eso precisamente. Y tampoco es posible afirmar que digan de una cosa que es idéntica consigo misma, ya que ese punto de vista resulta obviamente falso en aquellos casos en que el enunciado resulta ser informativo. El hecho de que en los ejemplos de Frege se incluyan descripciones definidas («el lucero del atardecer», «el lucero del alba»)

es irrelevante, en contra de la opinión de Russell.

Los enunciados de identidad informativos pueden tener también como sujeto nombres propios e incluso pronombres demostrativos (por ejemplo, «Héspero es Fósforo» y «Esto [la forma de esta hoja] es  idéntico a aquello [la forma de la página siguiente] »), cuya referencia se establecería en tal caso no mediante una descripción, sino ostensivamente, tal vez incluso señalando realmente.

Por lo que hace a D, se puede preguntar acerca de la naturaleza de la relación, denominada por lo general de instanciación o ejemplificación, que se da entre una entidad y sus propiedades y relaciones.

Seguramente existe una relación tal, pero difícilmente puede ser ésta lo mismo que una relación ordinaria como pueda ser la del matrimonio, que

conecta cosas del mismo tipo. Y también es posible preguntar cuál es la conexión entre esa relación y las entidades que conecta, por ejemplo, el objeto individual, de un lado, y sus propiedades y relaciones, de otro. La aparición de este problema parece conducir a un círculo vicioso, como pudo observar Bradley, ya que esa supuesta conexión es también una relación que ha de ser conectada con alguna otra cosa. Pero ¿cómo es posible escapar de ese círculo? Es seguro que un objeto individual y sus propiedades y relaciones no son ítems desconectados.

Todos ellos poseen una cierta unidad. Pero ¿de qué tipo es esa unidad? Además, parece difícil identificar el objeto individual, salvo por referencia

a sus propiedades y relaciones. Incluso si se afirma, como han hecho algunos, que éste no es sino una especie de haz o manojo de propiedades y relaciones, ¿acaso no podría haber otro haz o manojo formado exactamente por las mismas propiedades y relaciones que sea distinto, no obstante, del primero? (esta cuestión afecta al conocido como problema de la individuación, así como al principio de identidad de los indiscernibles.) Si un individuo es algo distinto de las propiedades y relaciones en que

participa (por ejemplo, lo que en ocasiones se ha denominado un particular desnudo), entonces aparecería como algo inobservable y de este modo incognoscible.

En relación a E, cabe decir que prácticamente ningún filósofo ha puesto en cuestión la ley de no contradicción, aunque hay algunas preguntas importantes acerca de su status. ¿Se trata simplemente de una convención lingüística? Algunos pensadores han sostenido esta opinión, pero parece bastante implausible. ¿Es la ley de no contradicción una ley relativa al ser en cuanto tal? Si lo es E se conecta íntimamente con B y con C, ya que es posible considerar los conceptos de autoconsistencia, identidad y existencia como los conceptos metafísicos fundamentales. También resultan fundamentales para la lógica; pero la lógica, aunque se encuentre en última instancia fundamentada en la metafísica, posee un tema adicional de considerable riqueza (en ocasiones entremezclado con el de las matemáticas)

que le permite ser considerada como una rama separada de la filosofía.

El término «metafísica» ha sido empleado también en otros dos sentidos al menos: primero, en relación a la investigación de entidades y estados

de cosas que «trascienden» a la experiencia humana, en particular, la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y el libre albedrío (ésta era la concepción que Kant tenía del tipo de metafísca que según él requería una «crítica»); y segundo, aludiendo a la investigación de cualesquiera fenómenos pretendidamente sobrenaturales u ocultos, como, por ejemplo, los fantasmas o la telequinesis.

El primer sentido es genuinamente filosófico, aunque poco común hoy en día. El segundo es estrictamente popular, ya que los fenómenos sobrenaturales relevantes son cuestionables tanto a partir de una base filosófica como a partir de una científica.

Esta interpretación no debería confundirse con los objetivos de la teología filosófica, disciplina que puede concebirse como parte de la metafísica en un

sentido filosófico general, aunque en principio fuera incluida por Aristóteles como parte de la metafísica en su sentido del estudio del ser en cuanto tal.

Véase también CAUSALIDAD, FILOSOFÍA DE LA

RELIGIÓN, NATURALISMO, PROPIEDAD, TEORÍA DEL

RACIMO, TIEMPO.

PB

METAFÍSICA, CERTEZA, véase CERTEZA.

METAFÍSICA, NECESIDAD, véase NECESIDAD, FILOSOFÍA

DE LA MENTE.

Publicada on febrero 25, 2011 at 3:29 am  Dejar un comentario  

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